Alergia a todo (3)

Alergia a todo (3)

«Junté el valor» repasaba en su cabeza una y otra vez.

«Pero, ¿cuál es el tipo de valor que uno requiere para romperle el corazón a alguien? ¿Será el mismo valor que se requiere para empuñar un arma y disparar? En especial, cuando la persona a la que encañonas no te hecho nada. Nada malicioso, nada desde la premeditación, desde las ganas de herir. ¿Siquiera se le podría llamar valor a eso?».

 

Después de pensar en esto por unos minutos, René tomó un profundo aliento y dejó caer sus brazos con fuerza hasta que pegaron con el costado de su cuerpo. Casi como un reflejo, en ese mismo instante relajó todos los músculos de su cuello, haciendo que se juntaran barbilla y pecho de golpe. Se mantuvo así por unos segundos para, después, tomar una gran bocanada de aire, como si al aspirar quisiera absorber algo que se encontraba suspendido en la atmósfera. Al exhalar, levantó lentamente la cabeza. «Necesito un trago», pensó.

 

Había sido una semana difícil pues, estaba en época de exámenes finales. Y, como cualquier estudiante que se preocupa por sus notas debe saber, era una época de alto estrés. El martes por la noche, quedé con algunos de mis compañeros en vernos para estudiar. El final de economía sería excepcional: el profesor había decidido ponerse creativo y optó por hacer un final en equipos. Dividió a los integrantes de su clase en 3 grupos y nos dio las siguientes indicaciones:

«Les voy a entregar un tema a cada equipo, una doctrina económica. Cada equipo deberá estudiarla. El miércoles, durante la clase, cada uno de los tres equipos deberá debatir, entre ellos, los pros y contras de la doctrina que les corresponde. Es decir, la mitad del equipo tendrá que enfocarse en los aspectos positivos, mientras que la otra mitad hará lo propio con los negativos. Al final del debate, el lado ganador podrá obtener una calificación entre el 8 y el 10, mientras que el perdedor, aspirará a una de entre el 5 y el 7».

Con la presión encima de nosotros, mi equipo se reunió ese martes por la noche para afinar detalles. Nos habían asignado la Economía Clásica. Afortunadamente, todos éramos estudiantes regulares que estaban familiarizados con el tema. Por esta razón, la consigna de la noche era sentar parámetros para que ninguno de los dos bandos quedara demasiado bien o demasiado mal. Nos encontramos en la casa de uno de los chicos, del cual no recuerdo su nombre, a las seis y media. Planeábamos estar ahí hasta las nueve o diez, aunque todos sabíamos que no podríamos dejar aquella casa sin sentirnos seguros del resultado que íbamos a obtener. Sobra decir que era la primera vez que iba a casa de ese compañero y, por la cara de los demás miembros del equipo, no fui el único sorprendido. Por fuera, la casa se veía bastante normal, en medio de uno de los barrios tradicionales de la clase media en mi ciudad. Nada fuera de lo común. Sin embargo, una vez que se ponía un pie dentro, uno notaba una decoración muy elegante; para nada se comparaba con la imagen que aquel chico proyectaba.

El recibidor estaba alumbrado con una luz cálida, las paredes las cubría un papel tapiz que combinaba el color salmón con una tonalidad crema, en franjas de igual tamaño. Ahí, nos recibió su madre y nos guio al comedor; definitivamente el cuarto más impresionante de la casa. Era un espacio amplio, donde cabía perfectamente una mesa con lugar para ocho comensales, así como un mueble donde se guardaba la vajilla. Las paredes eran de un color café intenso, como el del grano (sí, el grano del café) cuando se ha tostado a la perfección. En el espacio donde la pared se une al techo, se encontraban unas molduras con curvas y formas suaves, algunos destellos de pintura color dorado hacían resaltar detalles, pero sin llegar a ser exagerado. Años después aprendí que a ese estilo le llamaban «neobarroco».

 

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Su madre, de manera muy cordial y cariñosa, nos pidió tomar asiento y nos indicó que en un momento nos traerían algo de comer, para que «tuviéramos las fuerzas necesarias para el estudio». Decidí esperar a que trajeran las cosas y, en caso de que no hubiera algo que yo pudiera comer, solo sonreiría de manera cortés y no diría nada. A los pocos minutos, llegaron varias charolas, tazones y platos con comida. Simplemente di una mirada rápida y al ver que había un plato con zanahorias y apios me sentí aliviado.

Poco a poco, llegaron los demás compañeros hasta que al comedor le hicieron falta sillas y la mesa se inundó con libros. Comenzamos a trabajar cuando todos estuvieron presentes. Primero, definimos temas a tocar, las posibles respuestas y el tono de las mismas. Todo mundo tomaba apuntes y trataba de aportar algo; aunque a veces solo se aportaba a la confusión. En algún momento me logré apoderar de la bandeja que contenía la zanahoria y el apio a la que, por cierto, nadie había hecho caso hasta ese momento. Entre la acalorada plática y tomar apuntes, devoré casi la mitad del contenido de la bandeja. En este proceso se nos fueron dos horas. Al darme cuenta que eran las nueve, propuse tomar un descanso y los demás accedieron, pues todos estábamos un poco empantanados.

Aproveché el descanso para tomar aire y avisar en casa que tardaría más de lo planeado. Estaba a punto de entrar de nuevo al comedor, cuando pensé que tal vez sería buena idea hablar con mi entonces novia. Asegurarle que nada pasaba y que seguiría en casa de aquel chico por un buen rato más. En el preciso instante que contestó el teléfono sentí un alivio. Como una roncha que llevas mucho tiempo rascando y a la que, de pronto, le aplicas una compresa fría. Pero, al transcurrir de los minutos, me empecé a sentir incómodo. Simple y sencillamente, me parecía monótono el tono de su voz, las cosas que decía, preguntaba lo mismo que había estado preguntando los últimos meses. Recuerdo claramente que mi mente dejó la conversación por unos minutos para irse a los libros y apuntes del examen final; seguía contestando como por reflejo y, aún así, no había ningún peligro de equivocarme. Era una rutina que tenía bastante dominada. Al cabo de cierto tiempo, corté la conversación, alegando que tenía que me esperaban para reanudar el estudio.

Regresé al comedor y me di cuenta que mi lugar en aquella mesa ya estaba tomado. Recogí mis libros y me acomodé en el único asiento vacío que quedaba. «Al menos tengo zanahorias», pensé, mientras me arrimaba el tazón. En seguida traté de integrarme a la conversación. Parecía que no estaban de acuerdo en cuál de los dos bandos tendría más posibilidad de ganar para hacer que el contrario moderara su discurso.

No lo pude evitar. Después de quince minutos de intentar intervenir, conciliar o dialogar, me di por vencido y mi cabeza, de nuevo, se fue a otro lado. Comencé a pensar en mi relación, como las cosas tal vez no eran como quería, tal vez no eran perfectas, pero… ¿Tal vez así son las relaciones? Tal vez, después de tener un largo periodo de pasión, de anhelos frenéticos por sentir el roce de nuestras pieles, las cosas se calman. Y se acaba esa pasión y comienza algo distinto. Tal vez. Tal vez así es el amor cuando uno va creciendo. El amor maduro. Ese que prefiere llamar a las dos de la mañana porque comenzó una tormenta y quiere asegurarse de que todo esté bien, en vez de llamar a las dos de la mañana porque necesita un beso más para poder continuar respirando.

Por el contrario, quizás todos esos sentimientos estén profundamente mal. Quizás es negativa esa necesidad de estar juntos. Quizás el soñar con el sabor de su saliva esté mal; quizás ansiar que me pusiera la piel chinita al hablarme al oído esté mal. Quizás el origen de todas esas cosas, las que sentimos en un principio, venía de una raíz podrida, que chupa los nutrientes de un suelo que está envenenado. Quizás éramos un árbol enfermo cuyas torcidas ramas fueron creciendo con el tiempo hasta que un día pudieron alcanzar la luz del sol. Quizás fue esa luz la que las hizo recobrar la salud. Puede ser que ese sol fueran la rutina, la familia; su rutina, su familia. Y eso estaba bien, nos estaba ayudando a ser mejores.

Mientras yo pensaba eso y un millar de cosas más, la mesa se puso de acuerdo. Mi lado del debate debería ganar. Nos entregaron a todos una copia de las ideas centrales y posibles réplicas. Mientras leía la hoja que me habían entregado, una de las chicas en mi equipo me tomó del brazo y gritó mi nombre. La miré sorprendido. Ella me sostenía por el codo, con mi brazo estirado sobre los papeles y mi mano dentro del tazón. Dijo «Pensé que tú no comías eso» mientras aflojaba el agarre. «Claro que sí como zanahorias…» respondí, mientras sacaba mi mano del tazón y la quitaba de entre la suya. Se hizo un silencio cuando me di cuenta de que el contenido de aquel tazón no eran zanahorias, sino una botana de maíz frito, con sabor a queso, de color naranja y forma muy parecida a las baby carrots.

 

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En seguida palidecí. Había estado comiendo eso en vez de zanahorias, al menos desde que regresé y me cambié de lugar. No sé cómo no me di cuenta. Debí de haber comido al menos una docena de esas cosas y estaba seguro de que estaban atiborradas de gluten. Lo único que me faltaba para empeorar el examen era eso: Una diarrea tremenda, ocasionada por mi sensibilidad al gluten. Pero, existía la posibilidad de que mi sistema lo procesara lento y las consecuencias tardaran en llegar. Decidí ir en seguida a mi casa y dormir. Leería las preguntas en el camino y me comprometí a memorizar todo lo que me tocaba decir, haría un buen trabajo.

Al siguiente día llegué puntual en el salón de clases. Eso sí, nervioso porque la enfermedad no había mostrado ningún signo de presentarse. Entonces, solo pasaba por mi mente un escenario: me afectaría justo en el momento en que fuera mi intervención; ni un segundo antes, ni uno después. Mientras yo moría de nervios, el primer equipo inició su debate. Mentiría si dijera que recuerdo una sola palabra sobre lo que dijeron. Lo mismo sucedió con el segundo equipo. Yo estaba más concentrado en hablar con mi cuerpo, en convencerlo de que esto era algo importante y que no podía quedarme mal, no en este momento.

Por fin llegó nuestro turno. Pasamos al frente del salón y comenzamos. No estaba para nada ansioso por el desempeño de mis compañeros ni por lo que sucedería. Sabía que éramos un grupo de gente comprometida con el estudio y que las preparaciones del debate habían salido bien. Comenzamos y las cosas iban exactamente como lo habíamos planeado: parecía una competencia reñida, con ambos bandos peleando por lucir mejor que el otro, pero sin hacer que los contrarios se vieran mal. Llegó el momento de mi primera intervención y todo bien. Reviré con los argumentos acordados durante la reunión y que minutos antes había pronunciado el equipo contrario. Al termina, tomé una botella de agua y le di un trago pequeño para humedecer mi boca.

Me puse a repasar mentalmente el cronograma que habíamos preparado para el debate. Si no mal recordaba, solo quedaba una intervención mía y esta rondaba el final de todo el debate. Al mismo tiempo, noté que algo se movía en la periferia de mi vista. Giré la cabeza hacia el ventanal que daba vista al pasillo. Ahí estaba ella, saludando, haciendo caras. Ahora que hago memoria, no sé qué llamó más la atención de mis compañeros: su presencia, brincando, bailando y haciendo muecas, o la enorme sonrisa que se apareció en mi cara. Misma que se borró de inmediato cuando me di cuenta que el profesor la había visto y le hacía señas para que se fuera. Enseguida me sonrojé. Pensaba que su gesto podría costarle la calificación a todo mi equipo. Y todo sería mi culpa, por estar con ella, por haber sido distante en días pasados, por pensar tantas cosas que jamás le dije.

 

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Ni siquiera había podido terminar de procesar mis pensamientos cuando lo sentí. Una bola pesada en el estómago, hinchazón e incomodidad. Había llegado el momento que estaba temiendo desde que me comí esas jodidas botanas. No quedaba nada más que hacer, esas molestias eran relativamente manejables. Solo era incomodidad y esperar a que llegara la diarrea. Esa sí sería un problema, con ella no se puede dialogar. Llega cuando quiere, te hace pasar vergüenzas, prisas, te hace sudar frío. Todos esos síntomas daban vueltas por mi cabeza, como buitres que solo esperan el momento en el que pueden devorar un cuerpo. En medio de esos pensamientos, escuchaba las voces lejanas de mis compañeros, repitiendo lo mismo que habían ensayado hasta el cansancio, se les notaba un poco en el tono que lo habían ensayado, pensé. Tal vez estaba mal y sonaban normal, tan solo era la molestia estomacal que me hacía escuchar cosas. Casi sin darme cuenta, llegó de nuevo mi turno. Mi última intervención, penúltima del debate en general.

Pude recitar las palabras casi sin pensar en ellas, mi cabeza estaba demasiado ocupada pensando en la revolución que se desataba en mi estómago. Crujidos, gruñidos y demás ruidos extraños salían de mis intestinos. Sentía que todo el salón los podía escuchar, que sonaban más fuerte que mi voz. Traté de disimular, pero  estoy seguro que mi cara se pintó de un rojo intenso. Terminé de escupir apresurado las últimas palabras, seguidas de un «gracias» y tome asiento de nuevo. Ni bien toqué el asiento, sentí que el malestar se apoderaba de mí. Los ruidos aumentaban y sabía que tenía que salir corriendo. Traté de ser paciente, de esperar a que el debate terminara, pero mis entrañas gritaban mientras yo me retorcía en la silla; mi frente se llena de sudor. No pude contenerme más y salí corriendo del salón sin poder decir ni una sola palabra. Lo que sucedió en el baño es mejor no recordarlo… Basta decir que estuve ahí encerrado unos quince minutos.

Un poco más calmado, regresé al salón a paso lento. Ya no tenía ningún sentido la prisa, pues la clase habría terminado desde hace diez minutos. Doble en una esquina y me dirigí hacia el pasillo donde se encontraba el salón. A lo lejos, vi a mis compañeros de equipo, parados fuera del salón. Parecía que platicaban… Yo ni siquiera me había enterado de la calificación por salir corriendo, así que apresuré el pasó para pedirles que me contaran qué había sucedido y, de paso, ofrecerles una disculpa. Mientras me acercaba a ellos, comencé a notar que sus voces se alzaban, que comenzaban a hacer gestos exagerados con las manos. Brazos se lanzaban al aire por uno y otro lado. La escena me confundió un poco.

 

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Cuando por fin estuve a un par de metros de ellos, pude notar que estaba discutiendo. Al preguntar qué sucedía, me dijeron que habíamos sacado 6. Respondí «seis no está mal… Aunque tampoco es el 9 que necesitamos. Yo creo que…» antes de que acabara la frase, me interrumpió una de las chicas. «Yo creo que todo fue tu culpa. Si no te hubieras salido del salón, el profesor nos hubiera dado una mejor calificación”. Las acusaciones volaban de izquierda a derecha sin que hubiera un bando definido; era todos contra todos. Algunos, incluso, comenzaron a empujarse. Alguien llegó a separarlos para, después, unirse a la discusión y ser ahora él blanco de los empujones. Yo me quedé impactado, sin entender totalmente lo que pasaba mientras contemplaba la escena. Siendo sincero, no puedo negar que poco a poco me comenzaron a contagiar su enojo. ¿Por qué nos había puesto 6? Nuestro trabajo había sido mucho mejor que el de otros equipos, dominábamos el tema y planeamos todo. Entonces, ¿de quién era la culpa?

Sentí una mano en mi hombro y escuche «Rene, ¿qué pasa?».

Al darme vuelta la vi a ella. Me miraba con esos enormes ojos que solía poner cuando no entendía las cosas (la primera vez que los vi no sabía si estaba a punto de llorar o de soltar una tremenda carcajada). Al posar mis ojos en ella, se me nubló la vista. «Fue ella, fue su culpa», pensé. Si no hubiera pospuesto mi regreso a la sesión de estudio por hablar con ella, no me hubiera distraído, ni tocado esas jodidas botanas. Hubiera estado en perfectas condiciones, sano para el debate. Y si ella no hubiera pasado frente al salón a hacer sus bailes y caras, el maestro no se hubiera molestado más con nosotros. En ese momento exploté, le dije todo eso y mucho más. Era su culpa que yo tuviera esa alergia, era su culpa que mi promedio fuera a salir más bajo de lo que esperaba. Porque ya no podía estudiar los domingos, porque tenía que estar con ella y su familia. Esa familia a la que ni siquiera estaba seguro de caerle bien. Seguro pensaban que era un melindroso, que en realidad no padecía nada de lo que decía y solo no me gustaba su comida. Era su culpa el haber roto mi rutina, obligarme a hacer cosas a las que no estaba acostumbrado. Por eso me sentía mal. Me relajé y esas fueron las consecuencias. Dejé que pasaran cosas que no debieron pasar.

Ella se fue corriendo, llorando. Yo… Simplemente me quedé ahí. Estático, sin siquiera ser capaz de pensar. Lo único que pudo sacarme de aquel estado casi catatónico, fue la voz del profesor, que casi a gritos paró la discusión de mis compañeros.

«Jóvenes»— dijo de una manera estrepitosa—«¿por qué discuten? Déjenme decirles que si es por la calificación que se sacaron, están peor de lo que yo pensaba. ¿Quieren saber por qué sacaron seis? Porque esto es lo que yo quería, un verdadero intercambio de ideas. Que se apasionaran por su tema, que lo defendieran con uñas y dientes. Pero no, todo lo que vi en el salón fue una puesta en escena, ataques que no estaban apuntados a matar, ni siquiera a herir. Sacaron seis todos porque no hubo ganadores ni perdedores. Porque afuera del salón, peleando por una derrota, demostraron más que dentro, donde debían de pelear por una calificación, por su futuro. Y así es el mundo real. Allá afuera nadie les va a regalar nada, todo lo que obtengan va a requerir una lucha. Si no pudieron entender eso de mi clase, fallamos ambos. Solo les aclaro, no les puse cinco porque al menos se notó que conocían el tema. Así que ya, dejen de pelear y váyanse a sus casas».

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Alergia a todo (2)

Alergia a todo (2)

El segundo día del malestar de René fue más bien intrascendente y solo anotó lo siguiente, sin siquiera poner el encabezado del día, un sábado:

 

La verdad es que fue un sábado de lo más normal. Clases temprano, desayuno ligero y sin ningún agente peligroso. Café a medio día (descafeinado y sin azúcar) y unas galletas de arroz sin gluten. Por la tarde me quedé en casa; tenía pendiente un documental y terminar un libro. Para cenar, un vaso de leche de almendras y zanahoria cocida. Los síntomas no parecen mejorar ni empeorar. Lo único que ha pasado es que he estado más meditabundo que de costumbre, recordando cosas y personas del pasado. A las doce y media, fui a la cama.

 

Día 3

 

Los domingos, para mí, son días extraños, como de relleno. Algunas personas acostumbran ver a sus familias, salir a comer, pasear por la ciudad. Otras, los viven desesperadas al darse cuenta de que muchos comercios y establecimientos no abren en domingo. Así, es para mí muy clara la diferencia entre estos dos tipos de personas; se nota a simple vista cuando uno se atreve a poner un pie fuera de la casa en domingo.

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Alergia a todo (1)

Alergia a todo (1)

El día había amanecido nublado. En lo alto, se podía ver un cielo que iba de un tímido azul a un gris lleno luminoso. René se sentó en la cama, checo la hora en su teléfono celular y abrió el cajón superior de la mesa de noche. De él, sacó un pequeño bote. «Las primeras dos», pensó mientras sacaba un par de pastillas antihistamínicas y las colocaba en su boca.

 

 

Regularmente, el efecto de este par de pastillas duraba 24 horas. Sin embargo, en las últimas semanas, esa primera—y antes única dosis— no le bastaba. En cualquier momento del día, lo atacaba algún síntoma de una de sus múltiples alergias. Al llevar varios años conviviendo con este padecimiento, tenía un plan de acción bien definido que debía poner en acción en estos casos: desde el primer día de la aparición de nuevos síntomas, debía comenzar a tomar notas detalladas de sus actividades, los lugares que visitaba, las comidas del día e, incluso, el desodorante o colonia que usaba. Así, cuando fuera a visitar al médico, le podría decir a detalle qué es lo que había cambiado en su rutina, si algún nuevo factor ambiental se había introducido en su entorno u otro detalle que, por mínimo que fuera, pudiera ayudar a alcanzar un diagnóstico rápido y evitar una nueva ronda de la prueba cutánea de alergias.

 

En su diario se podía leer lo siguiente:

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De Amebix y los amigos

De Amebix y los amigos

Siempre he pensado que los artistas, las bandas, son comparables a los amigos que hacemos durante nuestro tiempo en este mundo. Está la banda que es como el amigo al que le hablas cuando tienes ganas de fiesta, la que es como el amigo con el que solo te hablas para que te acompañe al gimnasio y así, se pueden dar un sinfín de configuraciones, hasta rodearnos de un enorme círculo de amistades/bandas.

 

Con Amebix me pasa algo curioso: Es como el amigo que te ha acompañado durante gran parte de tu vida, pero de manera intermitente. Se va un mes, un año y regresa en el momento justo, con las palabras justas, como si supiera que lo necesitas. No puedo decir que soy un gran fanático de todo lo que hicieron ni que me sé la letra de todas sus canciones; pero las pocas con las que he logrado conectar han echado raíces profundas en mi vida.

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La Playlist como Carta Suicida (¿y qué pasó con León?)

La Playlist como Carta Suicida (¿y qué pasó con León?)

Para empezar, creo que vale la pena aclarar que no me he olvidado de El León, todo lo contrario. Después de pensarlo mucho y platicarlo con algún amigo, me di cuenta que esa historia todavía tiene mucho que decir y que no querría ni podría terminarla en solo una entrada más— como estaba planeado —. Entonces, esa historia sigue en proceso, sigue viva y espero, en algún momento, publicar las siguientes partes aquí.

 

Mientras seguía hilando las hebras de la historia de León, me encontré con un concurso en Facebook. Regularmente, ese tipo de cosas me repelen; pero el nombre de esta dinámica me conquistó. Se llama La Playlist como Carta Suicida (sí, lo sé; soy un cliché). Se trataba de “armar una selección de 10 canciones que dejarían en lugar de una carta suicida”, como ellos mismos lo describían en la página del evento. Enseguida, me puse a realizar mi selección, sobrepasando el número de canciones por poco. Y ahí se quedó, en una hoja de Google Docs llena de links y anotaciones… Hasta ayer, viernes, 20 de noviembre, cuando me dijeron que era el último día para mandar tu playlist. La mía estaba en un 60%, pues parte de la idea es que contara una historia. De cualquier manera, decidí terminarla y publicarla por acá.

 

Suficientes explicaciones, acá va lo que hubiera sido mi entrada al concurso. Espero que encuentren en ella alguna canción que les guste y, sobre todo, que sirva como catarsis, como me ha servido a mí.

 

La Playlist como Carta Suicida

Schopenhauer expresaba en algún libro que aquí no vale la pena citar, que el suicidio es un fenómeno de afirmación de la voluntad. Una voluntad de vivir, contrastada con un profundo descontento con las condiciones en que la vida se da. Así pues, en la persona que decide cometer suicidio se daría cierto “exceso” de voluntad de vivir (léase, de querer vivir) que, por otra parte, se vería incluso inhibida (gehemmt) al saberse esclava de un fútil fenómeno individual. 

Así pues, las primeras canciones del playlist son sobre este contraste: el gran deseo y la gran decepción, sea de sí mismo, de los demás, de todo.

 

 

 

Antes de darse por vencido, busca el comfort de lo familiar, del hogar; aunque no sepa dónde está tal cosa.

 

 

Ante tal escenario, el rendirse comienza a ser una opción

 

 

La idea se presenta en una forma abstracta, en imágenes, en sensaciones.

 

 

 

Pero ahora está claro. Es hora de dejar de correr en círculos

 

 

Pueden haber muchas razones o solo una

 

 

 

 

Incluso, puede que lo hayas intentado antes

 

 

Pero, ahora, es el momento de pronunciar la palabra

 

 

 

Y la nada

 

 

Requiem, Cave In

 

Acá el promo del concurso.

Y la página de Facebook, por si les interesa.

El León (Parte 4)

El León (Parte 4)

La primera vez que fue a dejar a su conejo, León notó un olor fuerte, penetrante, que provenía del jardín. No sabía exactamente qué era y, por lo mismo, no prestó demasiada atención. Puso a Fernando dentro de su corral y lentamente se acercó a la puerta de la bodega. Con cuidado, metió la mano en la bolsa de su pantalón y sacó una llave. Antes de meterla en la cerradura, echo un vistazo hacia las ventanas de su casa, para asegurarse de que su padre no lo estuviera viendo.

Con un movimiento suave y sin ruido, metió la llave en la cerradura y la giró. Entró al cuarto asegurándose de dejar la puerta entreabierta, para tener una vía de escape rápida, en caso de ser necesario. Ya dentro, sacó una pequeña lámpara de su bolsillo y comenzó a mirar por todos lados. La bodega era un lugar pequeño, de unos 3 metros cuadrados, con una puerta de aluminio. En el interior, las paredes estaban cubiertas por estantes, entre los que se asomaba el yeso sin pintura y con algunos manchones que, seguramente, se habían hecho al instalarlos. Estos estantes estaban repletos de cajas que contenían, en su mayoría, las cosas que no cabían en su departamento pero, que tampoco querían desechar. León abrió una caja y comenzó a revisar su contenido; la mayoría eran viejos libros y revistas. Algunos clásicos de la literatura, empastados en piel, estaban guardados dentro de bolsas de tela, con pequeños sacos desecantes para combatir la humedad. Pasaron, tal vez, quince minutos y León decidió que no encontraría nada importante en esa caja, así que salió de la bodega, no sin antes asegurarse de que todo estaba exactamente como lo había encontrado.  

Al recoger a Fernando del piso, León notó que había escarbado en una pequeña sección del jardín. No le dio demasiada importancia; bastó con regresar la tierra al hoyo para que todo volviera a la normalidad.


Así, pasaron algunos meses. León revisaba una caja por vez, sin encontrar nada que le resolviera el misterio y Fernando seguía haciendo hoyos en el jardín, mismos que León cubría.

Fue hasta que llegó a la caja número catorce, cuando encontró algo que llamó su atención. León miró la caja: era de cartón, de tamaño mediano, común y corriente. Lo único que la diferenciaba de las demás eran varias capas de cinta adhesiva pegadas, una sobre otra. Parecía que, después de varias veces de abrir y volver a cerrar la caja con cinta, su padre por fin se había dado por vencido y la había dejado abierta, con listones de cinta sin pegamento colgando a los extremos.

Con mucho trabajo, León pudo colocar la pesada caja en el piso. De pronto, escuchó un ruido en el jardín, por lo que salió a verificar que no viniera su papá. Al regresar a la bodega, decidió dejar la puerta un poco más abierta de lo normal, para poder vigilar. Esto permitió que entrara el penetrante olor que provenía del jardín, así como la música que alguno de sus vecinos escuchaba en ese momento. Se sentó con las piernas cruzadas frente a la caja y, tras tomar aliento, se dispuso a abrir la caja. Tomó ambas tapas y, con un movimiento lento y calculado, las apartó. El contenido de la caja estaba cubierto por un paño de franela roja que tenía las orillas tiesas, como si alguien hubiera limpiado pegamento con ellas y lo hubiera dejado cercase. León tomó la franela y la apartó. Al quedar descubierto el contenido de la caja, solo se podían ver lomos de revistas. “¿Esto es todo? ¿Tanto misterio por unas revistas?” fue lo primero que el joven León pensó. Estuvo a punto de devolver la caja a su lugar, pero recapacitó. “Si ya logré sacar la caja, bien podría hojear alguna de las revistas”, dijo para si, mientras fantaseaba con el contenido de aquellas páginas que, para él, debería ser algo prohibido, magia negra, hechicería o algo peor que ni siquiera podía imaginar.

Decidió sacar una revista con lomo negro y la inscripción “Secretos, Año 3, Volumen 4”. La música se volvió más fuerte y el olor más penetrante.

En la portada, solo aparecía una mujer vestida con un traje sastre gris, lentes, el cabello recogido y lentes. León ignoró el texto que había en la portada y con desesperación comenzó a revisar las páginas. En ellas, encontró fotografías de mujeres y hombres sin ropa, simulando situaciones sexuales que, hasta el momento, eran totalmente desconocidas para él. León no entendía muy bien qué es lo que estaba viendo, nunca había le habían hablado de sexo, ni en casa ni en la escuela. Siguió viendo las fotografías, tratando de entender el porqué del misterio. De pronto, sintió que sus genitales se hinchaban, se apretaban contra el pantalón. Trato de apretarlos contra su pierna para hacer desaparecer la hinchazón, pero al hacerlo, descubrió que se sentía bien. Lo intentó otra vez, ahora más fuerte. Se sintió intoxicado por la sensación, las imágenes, el olor. Casi sentía que se le nublaba la vista, que el mundo desaparecía y que solo quedaban él y esa sensación.

De pronto, la voz lejana de su padre interrumpió aquel episodio. “León. ¡León!”, le gritaba a lo lejos. El chico entró en pánico. Trato de regresar todo a su lugar lo más rápido posible y dejarlo tal como lo encontró. Su padre volvió a gritar. León estaba a punto de salir corriendo cuando notó que el bulto en su pantalón no había desaparecido y, peor aún, había una pequeña mancha de humedad. Sintió que no tenía escapatoria, que su padre lo había descubierto. Decidió salir, recoger a Fernando y enfrentar las consecuencias.

Mientras cerraba la puerta de la bodega, ya pensaba explicaciones, excusas, historias para poder contarle a su papá y justificar sus actos. Al dar la cara al jardín, vio que sus problemas solo empezaban. Fernando había escapado de su corral y escarbó siete u ocho hoyos en todo el jardín. Ahora sí se había jodido todo, su papá lo iba a matar, los vecinos lo odiarían. Todo se había ido al carajo. Con lágrimas de desesperación, corrió detrás del conejo, al que logró pescar por las orejas. Lo llevaba de regreso al jardín mientras le preguntaba entre sollozos “¿qué hiciste?” una y otra vez. Al llegar al primer hoyo, León se sorprendió por la profundidad. Pensó que tardaría demasiado en regresar la tierra. Lleno de coraje y desesperación, tomó a Fernando por el cuello. Mirándolo a los ojos, le preguntó “¿Por qué me haces esto?”. Segundos después, lo azotó en el piso, justo donde se encontraba el hoyo. Fernando dejó escapar un fuerte chillido. León seguía azontándolo, mientras preguntaba “¿por qué?”, hasta que sintió que algo le lastimaba la mano. Levantó a Fernando, cuyo cuerpo ya era un bulto flácido, y vio que un pequeño hueso había atravesado justo el ojo en el que tenía la mancha. No entendía qué pasaba, cómo había llegado ese hueso ahí. Tiró el cuerpo flácido del conejo y se asomó al hoyo. Comenzó a escarbar. Otro hueso, una pata, un cráneo… Corrió al siguiente hoyo y no encontró huesos, sino un cadáver completo, en pleno estado de putrefacción. Todos eran conejos. Se quedó paralizado. Por unos segundos, su mente parecía abandonarlo, salir de su cuerpo y contemplar la situación desde arriba.

“Fernando… Él fue. Mató a estos conejos…”.

Se dirigió hacía donde estaba Fernando. Llenó de odio, sintió que debía castigarlo. Sacó el hueso que tenía clavado en el ojo. Al jalarlo, salió parte del cerebro. León empuñó el hueso y comenzó a clavarlo en el cuerpo del conejo una y otra vez hasta que el hueso se rompió. Entonces, metió su mano en las heridas, rompiendo la piel, músculos y huesos que se atravesaban. Arrancaba cualquier cosa que pudiera tomar entre sus dedos. En unos pocos segundos, de Fernando ya solo quedaba un manchón de sangre y carne, embarrado en el piso del jardín y en la ropa de León.

Escuchaba una voz lejana, que lo llamaba por su nombre. Al levantar la mirada pudo ver a su papá.

-León, yo no quería que…— Interrumpió su papá al verlo lleno de sangre —.
-¡Papá! Fue Fernando— trató de explicar León—. Él hizo esto, él…
-León, esos conejos… Por eso no quería que vinieras al jardín. Pero, ¡no podía hacer nada! Ninguno duraba vivo más de un par de semanas con nosotros. Buscaba por toda la ciudad otro conejo igual al primero… Pero nunca duraban. Era casi como si se dejaran morir, como si no quisieran estar con nosotros…
-Pero… —dijo Léon mientras trataba de procesar todo lo que había pasado —.
-A veces tenía que esperar a que te durmieras para venir a enterrarlos y poner un nuevo conejo en su lugar. Yo solo quería hacerte feliz. No podía permitir que también tu mascota te abandonara, nos abandonara. Yo….
-Fuiste tú, papá. ¡Tú!

León salió corriendo lo más rápido que pudo, mientras su papá gritaba su nombre.

El León (Parte 3)

El León (Parte 3)

En esa normalidad, transcurrió toda la infancia de León. Pero eso estaba a punto de cambiar. Unos días después de cumplir 13, su vida dio un vuelco.

Un día, al regresar del colegio, encontró a su padre sentado en el sillón, justo frente a la televisión, pero con esta apagada. No había luces encendidas, solo la poca luz de sol que se lograba filtrar por las gruesas cortinas de la sala. Este haz de luz que siempre dibujaba varios triángulos irregulares en la alfombra color crema de la sala, hoy se veía interrumpido con la silueta de su padre, sentado, con un codo apoyado en el descansa brazos y otro sosteniendo un vaso pequeño.

Botó su mochila en el corredor y escuchó la voz de su padre, que lo llamaba a la sala.

León— dijo su padre —si fueras un niño más… Normal, esto sería más sencillo. Pero, ni tú eres normal ni hay manera de que esto sea más sencillo. Tu madre se fue. Hemos pasado un par de meses muy difíciles, entre la enfermedad de la abuela, tus problemas en la escuela y la falta de dinero. Supongo que no te has enterado, pero… ¿A quién engaño? Seguro escuchaste los gritos de nuestra discusión ayer por la noche… Esta mañana, después de dejarte en el colegio, tu madre regresó a casa, empacó sus cosas y se fue. Me dijo que no podía vivir más en un ambiente lleno de mediocridad, de problemas. No quiso decir a donde iría y me pidió que no la buscáramos, ninguno de los dos. Entonces… Somos solo tú y yo contra el mundo, campeón.

León no sintió ganas de llorar, de gritar, de correr tras su madre y ni siquiera se preguntó por qué lo abandonaba. Solo alcanzó a escuchar un leve crujido debajo del brazo derecho, que hizo eco en todo su pecho y subió hasta sus hombros, por donde bajó hasta sus brazos, en forma de una sensación tibia, que contrastaba con el ambiente frío. Lo único que cruzaba su mente eran las palabras que su madre le había dicho por la mañana, al verlo entrar por la puerta del colegio:

“Ey, León… Tu sandwich tiene cebolla. Sé que no te gusta, pero… No soy perfecta. La vida tampoco lo es. Que te vaya bien”. Esas palabras dieron vueltas en su cabeza por algunas horas y, después, solo quedó un vacío.

En los siguientes meses, León y su papá tuvieron que mudarse de casa para ahorrar. A fin de cuentas, ahora que solo eran dos. También, dejo de ir al colegio privado y entró en una escuela pública. La relación con su padre se volvió un tanto binaria: O lo colmaba de regalos, halagos, abrazos y reconocimientos, o, simplemente, ignoraba su existencia y deambulaba por la casa como un ciego que busca, a tientas, un objeto que no conoce, que jamás ha tocado.

En uno de sus arranques afectivos, el papá de León decidió regalarle una mascota. En su mente, la mejor opción era un conejo, pues no requería demasiado mantenimiento pero serviría para enseñarle a su hijo sobre las responsabilidades de tener alguien o algo a tu cargo. A León, su nueva mascota le pareció insulsa, pero al ver el desesperado intento de su padre por hacerle sentir mejor, fingió, lo mejor que pudo, una emoción incontrolable. Era un conejo blanco, con una mancha café encima del ojo izquierdo. León decidió llamarlo Fernando.

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