Alergia a todo (2)

Alergia a todo (2)

El segundo día del malestar de René fue más bien intrascendente y solo anotó lo siguiente, sin siquiera poner el encabezado del día, un sábado:

 

La verdad es que fue un sábado de lo más normal. Clases temprano, desayuno ligero y sin ningún agente peligroso. Café a medio día (descafeinado y sin azúcar) y unas galletas de arroz sin gluten. Por la tarde me quedé en casa; tenía pendiente un documental y terminar un libro. Para cenar, un vaso de leche de almendras y zanahoria cocida. Los síntomas no parecen mejorar ni empeorar. Lo único que ha pasado es que he estado más meditabundo que de costumbre, recordando cosas y personas del pasado. A las doce y media, fui a la cama.

 

Día 3

 

Los domingos, para mí, son días extraños, como de relleno. Algunas personas acostumbran ver a sus familias, salir a comer, pasear por la ciudad. Otras, los viven desesperadas al darse cuenta de que muchos comercios y establecimientos no abren en domingo. Así, es para mí muy clara la diferencia entre estos dos tipos de personas; se nota a simple vista cuando uno se atreve a poner un pie fuera de la casa en domingo.

 

Los primeros, entusiastas eternos —o al menos entusiastas de fin de semana— van caminando por las calles a un paso firme; los siguen sus parejas, sus familias o sus mascotas, casi como si los arrastrara una fuerza gravitacional creada por las ganas de vivir la vida incluso en domingo. A veces, esa gravedad logra atraer a alguno de sus acompañantes lo suficiente para que terminen por unírseles al frente del grupo, donde sus fuerzas se combinan y tratan de atraer más seguidores.

 

Los segundos van un poco más de prisa, evitan cruzar las calles por las esquinas, hacen lo posible por no toparse con el semáforo en rojo. Son como cometas; surcan el cielo a distinta velocidad, en trayectorias que parecen no coincidir con los objetos que los rodean, azuzados por la prisa de encontrar a aquel relojero abierto, conseguir estacionamiento en la plaza atiborrada de gente, llegar temprano al cine. Los persigue una voz que les dice al oído «tu vida se agota, instante a instante. Más te vale tratar de sacarle todo el jugo. Sí, incluso en domingo».

 

Y así, como cometas, poco a poco la energía se les acaba. Disminuyen su velocidad, deambulan por ahí, pretendiendo que todavía pueden lograrlo, que su prisa tenía un propósito, que no fue en vano. Hasta que se topan con uno de dos destinos: O chocan con otro cuerpo celeste, uno que les hace estar quietos, que les demuestra lo inútil de su afán; o se dan cuenta que una fuerza gravitacional mucho más grande comienza a asomarse en el horizonte: la rutina. Por un momento, se resisten a ser forzados por la rutina a dar una vuelta más por su universo. Se aferran con todas sus fuerzas, con uñas y dientes al efímero domingo que se les escapa; lo miran como un niño mira un helado que tardó demasiado en comer y ahora el sol de verano ha derretido. Lo miran con angustia, con los ojos llenos de planes que no concretaron, con la esperanza de que no se volverá a repetir. Pero, al paso de algunas horas o minutos, se dan cuenta que esta fuerza es demasiado grande, inescapable y, muchos de ellos, simplemente se rinden a ella.

 

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¿Cuál de los dos tipos soy yo? Supongo que he pertenecido a ambos tipos en distintas épocas de mi vida. Cuando era niño, me emocionaba infinitamente la idea del domingo. Salir con mi familia, pasear, tal vez ir a un restaurante que tuviera juegos y hacer amigos; jugar horas y horas sin parar, hasta que mi mamá me llamara para terminar la hamburguesa que había dejado a medio comer en la mesa. O, mejor aún, ir a casa de la abuela, jugar con mis primos hasta desfallecer y comer una de esas comidas que siempre tenían historia «esto le solía preparar a tu mamá cuando tenía tu edad; una vez, tu tía me ayudó a preparar esto y se tiró la olla encima; tu abuelo le presumía a todos sus compañeros del trabajo este guiso». Supongo que mis padres se veían arrastrados por la enorme fuerza de gravedad que representa el entusiasmo de un niño. Ellos, cansados por las faenas de la semana, el desvelo del viernes y demás cosas, propias de la vida adulta, no podían siquiera pensar en contener esas ganas mías.

 

Con el paso de los años, esas ganas fueron menguando; mi abuela murió, mis primos comenzaron a irse de la ciudad, a casarse y yo entré a la adolescencia, —esa etapa gris de la vida en la que me esforcé tanto por cosas que contenían poco o ningún sentido— . De esa etapa no guardo muchos recuerdos, tan solo algún partido de futbol con los amigos, la primera vez que intenté afeitarme, la primera vez que una chica me rechazo… En el guión de mi vida, la adolescencia es una de esas secuencias hollywoodenses, donde se ven imágenes típicas sin mucho contexto, mientras suena una canción cursi, que logra ser melancólica y positiva al mismo tiempo.

 

Ya en la universidad —lo que yo erradamente consideraba el inicio de la vida adulta— la gravedad de una mujer llegó a cambiar mi órbita. Yo quería estar con ella, devorarla a besos en cualquier oportunidad, tomar su mano, sentir su piel en cada uno de los momentos que estuviera despierto, consciente. Hasta la fecha, me gusta creer que ella sentía lo mismo, que la consumía la misma pasión postadolescente, que también sentía un hueco en su mano cuando le faltaba la mía, que, después de un par de días, sus labios dolían por la falta de mis besos.

Los dos nos hundimos en el vórtice que formaban los primeros destellos de libertad e independencia, cuando se combinaban con el amor que se niega a madurar. Este torbellino solo se interrumpía por causas de fuerza mayor y, claro, por los domingos. Los domingos eran días en los que su familia se juntaba a almorzar, salían a pasear, regresaban a comer y la sobremesa se extendía hasta la cena.

 

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Al principio me resistí, no quería unirme a tal cosa. Después de todo, si no lo hacía con mi familia, mucho menos lo iba a hacer con un grupo de extraños. Más me resistía porque, justo a esa edad, me diagnosticaron una de las alergias que más trabajo me costó controlar: alergia al gluten. Tenía que cuidar mucho mi alimentación, el gluten se esconde a la vuelta de la esquina y yo no podía dejar que me sorprendiera. Por tanto, la idea de compartir tres comidas seguidas con personas que no conocía y que, seguramente, no tenían ni idea de lo que era el gluten, me parecía muy poco atractiva.

 

Las primeras ocasiones tuve que dar explicaciones largas sobre qué era el gluten y qué me podría suceder si lo comía. Por supuesto, algún intelectual de bolsillo, corría a buscar en internet todo lo relacionado con la alergia al gluten. Entonces, venían las preguntas y las correcciones, como “en realidad no es una alergia, ¿o sí? Es más bien un padecimiento que…”.

 

Sin embargo, más allá de esas largas pláticas sobre mis padecimientos, toda la familia me acogió como a uno de los suyos ni bien puse un pie dentro de aquella casa. En especial los padres de la chica, que se esmeraban por hacer comidas sin gluten pero, al mismo tiempo, que siguieran las tradiciones de su familia.

 

Después de la comida, como parte de la rutina que adopté en aquella casa, tocaba sentarme con el abuelo a ver películas viejas, mientras los demás continuaban con esa sobremesa infinita. La verdad es que era un viejo interesante, con muchas historias que contar, pero muy poca gente a su derredor con ganas de escucharlas. Yo me sentía a gusto con él.

 

A veces, hacía la misma mueca que hace un niño cuando está a punto de hacer una travesura. Se llevaba el dedo a la boca para indicarme que no hiciera ruido y cerraba la puerta. De su suéter sacaba un cigarro un tanto torcido— quién sabe cuánto tiempo lo había mantenido guardado en el bolsillo amorfo—, abría la ventana y comenzaba a tantear la cornisa hasta casi sacar la mitad del cuerpo por la misma. La primera vez pensé que se iba a arrojar por la ventana, que su última voluntad era fumarse un cigarro y que ese pacto de silencio que cerramos con un gesto, también había sido un pacto suicida.

 

Pero no, a los pocos segundos devolvía su torso a la habitación, encendedor en mano, y comenzaba a fumar. Al dar la primer calada al cigarro, su cara se inundaba con una sonrisa enorme, casi inocente, que me contagiaba y me inundaba a mí también. Siempre me ofrecía de su cigarro, pero nunca acepté, a lo que él respondía “como quieras… De cualquier forma, si alguien entra aquí, diremos que es tu cigarro”, mientras el humo se escapaba entre una sonrisa extasiada.

 

Esta rutina continuó por algunos meses, casi un año. Hasta que llegó el punto en el que sentí que quería más a aquellas personas, aquella rutina, que a mi pareja. Si hubiéramos sido más viejos, esto no hubiera representado ningún problema. Pero no, un romance así de apasionado, así de volátil, no podía asentarse bajo un árbol que diera una sombra fresca y esperar a morir. Ese amor apasionado estaba muriendo poco a poco y yo no lo podía permitir. Para mí, era preferible la eutanasia que vivir siendo una sombra de lo que un día se fue.

 

Un día junté el valor y se lo dije a aquella chica.

Alergia a todo (1)

Alergia a todo (1)

El día había amanecido nublado. En lo alto, se podía ver un cielo que iba de un tímido azul a un gris lleno luminoso. René se sentó en la cama, checo la hora en su teléfono celular y abrió el cajón superior de la mesa de noche. De él, sacó un pequeño bote. «Las primeras dos», pensó mientras sacaba un par de pastillas antihistamínicas y las colocaba en su boca.

 

 

Regularmente, el efecto de este par de pastillas duraba 24 horas. Sin embargo, en las últimas semanas, esa primera—y antes única dosis— no le bastaba. En cualquier momento del día, lo atacaba algún síntoma de una de sus múltiples alergias. Al llevar varios años conviviendo con este padecimiento, tenía un plan de acción bien definido que debía poner en acción en estos casos: desde el primer día de la aparición de nuevos síntomas, debía comenzar a tomar notas detalladas de sus actividades, los lugares que visitaba, las comidas del día e, incluso, el desodorante o colonia que usaba. Así, cuando fuera a visitar al médico, le podría decir a detalle qué es lo que había cambiado en su rutina, si algún nuevo factor ambiental se había introducido en su entorno u otro detalle que, por mínimo que fuera, pudiera ayudar a alcanzar un diagnóstico rápido y evitar una nueva ronda de la prueba cutánea de alergias.

 

En su diario se podía leer lo siguiente:

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De Amebix y los amigos

De Amebix y los amigos

Siempre he pensado que los artistas, las bandas, son comparables a los amigos que hacemos durante nuestro tiempo en este mundo. Está la banda que es como el amigo al que le hablas cuando tienes ganas de fiesta, la que es como el amigo con el que solo te hablas para que te acompañe al gimnasio y así, se pueden dar un sinfín de configuraciones, hasta rodearnos de un enorme círculo de amistades/bandas.

 

Con Amebix me pasa algo curioso: Es como el amigo que te ha acompañado durante gran parte de tu vida, pero de manera intermitente. Se va un mes, un año y regresa en el momento justo, con las palabras justas, como si supiera que lo necesitas. No puedo decir que soy un gran fanático de todo lo que hicieron ni que me sé la letra de todas sus canciones; pero las pocas con las que he logrado conectar han echado raíces profundas en mi vida.

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La Playlist como Carta Suicida (¿y qué pasó con León?)

La Playlist como Carta Suicida (¿y qué pasó con León?)

Para empezar, creo que vale la pena aclarar que no me he olvidado de El León, todo lo contrario. Después de pensarlo mucho y platicarlo con algún amigo, me di cuenta que esa historia todavía tiene mucho que decir y que no querría ni podría terminarla en solo una entrada más— como estaba planeado —. Entonces, esa historia sigue en proceso, sigue viva y espero, en algún momento, publicar las siguientes partes aquí.

 

Mientras seguía hilando las hebras de la historia de León, me encontré con un concurso en Facebook. Regularmente, ese tipo de cosas me repelen; pero el nombre de esta dinámica me conquistó. Se llama La Playlist como Carta Suicida (sí, lo sé; soy un cliché). Se trataba de “armar una selección de 10 canciones que dejarían en lugar de una carta suicida”, como ellos mismos lo describían en la página del evento. Enseguida, me puse a realizar mi selección, sobrepasando el número de canciones por poco. Y ahí se quedó, en una hoja de Google Docs llena de links y anotaciones… Hasta ayer, viernes, 20 de noviembre, cuando me dijeron que era el último día para mandar tu playlist. La mía estaba en un 60%, pues parte de la idea es que contara una historia. De cualquier manera, decidí terminarla y publicarla por acá.

 

Suficientes explicaciones, acá va lo que hubiera sido mi entrada al concurso. Espero que encuentren en ella alguna canción que les guste y, sobre todo, que sirva como catarsis, como me ha servido a mí.

 

La Playlist como Carta Suicida

Schopenhauer expresaba en algún libro que aquí no vale la pena citar, que el suicidio es un fenómeno de afirmación de la voluntad. Una voluntad de vivir, contrastada con un profundo descontento con las condiciones en que la vida se da. Así pues, en la persona que decide cometer suicidio se daría cierto “exceso” de voluntad de vivir (léase, de querer vivir) que, por otra parte, se vería incluso inhibida (gehemmt) al saberse esclava de un fútil fenómeno individual. 

Así pues, las primeras canciones del playlist son sobre este contraste: el gran deseo y la gran decepción, sea de sí mismo, de los demás, de todo.

 

 

 

Antes de darse por vencido, busca el comfort de lo familiar, del hogar; aunque no sepa dónde está tal cosa.

 

 

Ante tal escenario, el rendirse comienza a ser una opción

 

 

La idea se presenta en una forma abstracta, en imágenes, en sensaciones.

 

 

 

Pero ahora está claro. Es hora de dejar de correr en círculos

 

 

Pueden haber muchas razones o solo una

 

 

 

 

Incluso, puede que lo hayas intentado antes

 

 

Pero, ahora, es el momento de pronunciar la palabra

 

 

 

Y la nada

 

 

Requiem, Cave In

 

Acá el promo del concurso.

Y la página de Facebook, por si les interesa.

El León (Parte 4)

El León (Parte 4)

La primera vez que fue a dejar a su conejo, León notó un olor fuerte, penetrante, que provenía del jardín. No sabía exactamente qué era y, por lo mismo, no prestó demasiada atención. Puso a Fernando dentro de su corral y lentamente se acercó a la puerta de la bodega. Con cuidado, metió la mano en la bolsa de su pantalón y sacó una llave. Antes de meterla en la cerradura, echo un vistazo hacia las ventanas de su casa, para asegurarse de que su padre no lo estuviera viendo.

Con un movimiento suave y sin ruido, metió la llave en la cerradura y la giró. Entró al cuarto asegurándose de dejar la puerta entreabierta, para tener una vía de escape rápida, en caso de ser necesario. Ya dentro, sacó una pequeña lámpara de su bolsillo y comenzó a mirar por todos lados. La bodega era un lugar pequeño, de unos 3 metros cuadrados, con una puerta de aluminio. En el interior, las paredes estaban cubiertas por estantes, entre los que se asomaba el yeso sin pintura y con algunos manchones que, seguramente, se habían hecho al instalarlos. Estos estantes estaban repletos de cajas que contenían, en su mayoría, las cosas que no cabían en su departamento pero, que tampoco querían desechar. León abrió una caja y comenzó a revisar su contenido; la mayoría eran viejos libros y revistas. Algunos clásicos de la literatura, empastados en piel, estaban guardados dentro de bolsas de tela, con pequeños sacos desecantes para combatir la humedad. Pasaron, tal vez, quince minutos y León decidió que no encontraría nada importante en esa caja, así que salió de la bodega, no sin antes asegurarse de que todo estaba exactamente como lo había encontrado.  

Al recoger a Fernando del piso, León notó que había escarbado en una pequeña sección del jardín. No le dio demasiada importancia; bastó con regresar la tierra al hoyo para que todo volviera a la normalidad.


Así, pasaron algunos meses. León revisaba una caja por vez, sin encontrar nada que le resolviera el misterio y Fernando seguía haciendo hoyos en el jardín, mismos que León cubría.

Fue hasta que llegó a la caja número catorce, cuando encontró algo que llamó su atención. León miró la caja: era de cartón, de tamaño mediano, común y corriente. Lo único que la diferenciaba de las demás eran varias capas de cinta adhesiva pegadas, una sobre otra. Parecía que, después de varias veces de abrir y volver a cerrar la caja con cinta, su padre por fin se había dado por vencido y la había dejado abierta, con listones de cinta sin pegamento colgando a los extremos.

Con mucho trabajo, León pudo colocar la pesada caja en el piso. De pronto, escuchó un ruido en el jardín, por lo que salió a verificar que no viniera su papá. Al regresar a la bodega, decidió dejar la puerta un poco más abierta de lo normal, para poder vigilar. Esto permitió que entrara el penetrante olor que provenía del jardín, así como la música que alguno de sus vecinos escuchaba en ese momento. Se sentó con las piernas cruzadas frente a la caja y, tras tomar aliento, se dispuso a abrir la caja. Tomó ambas tapas y, con un movimiento lento y calculado, las apartó. El contenido de la caja estaba cubierto por un paño de franela roja que tenía las orillas tiesas, como si alguien hubiera limpiado pegamento con ellas y lo hubiera dejado cercase. León tomó la franela y la apartó. Al quedar descubierto el contenido de la caja, solo se podían ver lomos de revistas. “¿Esto es todo? ¿Tanto misterio por unas revistas?” fue lo primero que el joven León pensó. Estuvo a punto de devolver la caja a su lugar, pero recapacitó. “Si ya logré sacar la caja, bien podría hojear alguna de las revistas”, dijo para si, mientras fantaseaba con el contenido de aquellas páginas que, para él, debería ser algo prohibido, magia negra, hechicería o algo peor que ni siquiera podía imaginar.

Decidió sacar una revista con lomo negro y la inscripción “Secretos, Año 3, Volumen 4”. La música se volvió más fuerte y el olor más penetrante.

En la portada, solo aparecía una mujer vestida con un traje sastre gris, lentes, el cabello recogido y lentes. León ignoró el texto que había en la portada y con desesperación comenzó a revisar las páginas. En ellas, encontró fotografías de mujeres y hombres sin ropa, simulando situaciones sexuales que, hasta el momento, eran totalmente desconocidas para él. León no entendía muy bien qué es lo que estaba viendo, nunca había le habían hablado de sexo, ni en casa ni en la escuela. Siguió viendo las fotografías, tratando de entender el porqué del misterio. De pronto, sintió que sus genitales se hinchaban, se apretaban contra el pantalón. Trato de apretarlos contra su pierna para hacer desaparecer la hinchazón, pero al hacerlo, descubrió que se sentía bien. Lo intentó otra vez, ahora más fuerte. Se sintió intoxicado por la sensación, las imágenes, el olor. Casi sentía que se le nublaba la vista, que el mundo desaparecía y que solo quedaban él y esa sensación.

De pronto, la voz lejana de su padre interrumpió aquel episodio. “León. ¡León!”, le gritaba a lo lejos. El chico entró en pánico. Trato de regresar todo a su lugar lo más rápido posible y dejarlo tal como lo encontró. Su padre volvió a gritar. León estaba a punto de salir corriendo cuando notó que el bulto en su pantalón no había desaparecido y, peor aún, había una pequeña mancha de humedad. Sintió que no tenía escapatoria, que su padre lo había descubierto. Decidió salir, recoger a Fernando y enfrentar las consecuencias.

Mientras cerraba la puerta de la bodega, ya pensaba explicaciones, excusas, historias para poder contarle a su papá y justificar sus actos. Al dar la cara al jardín, vio que sus problemas solo empezaban. Fernando había escapado de su corral y escarbó siete u ocho hoyos en todo el jardín. Ahora sí se había jodido todo, su papá lo iba a matar, los vecinos lo odiarían. Todo se había ido al carajo. Con lágrimas de desesperación, corrió detrás del conejo, al que logró pescar por las orejas. Lo llevaba de regreso al jardín mientras le preguntaba entre sollozos “¿qué hiciste?” una y otra vez. Al llegar al primer hoyo, León se sorprendió por la profundidad. Pensó que tardaría demasiado en regresar la tierra. Lleno de coraje y desesperación, tomó a Fernando por el cuello. Mirándolo a los ojos, le preguntó “¿Por qué me haces esto?”. Segundos después, lo azotó en el piso, justo donde se encontraba el hoyo. Fernando dejó escapar un fuerte chillido. León seguía azontándolo, mientras preguntaba “¿por qué?”, hasta que sintió que algo le lastimaba la mano. Levantó a Fernando, cuyo cuerpo ya era un bulto flácido, y vio que un pequeño hueso había atravesado justo el ojo en el que tenía la mancha. No entendía qué pasaba, cómo había llegado ese hueso ahí. Tiró el cuerpo flácido del conejo y se asomó al hoyo. Comenzó a escarbar. Otro hueso, una pata, un cráneo… Corrió al siguiente hoyo y no encontró huesos, sino un cadáver completo, en pleno estado de putrefacción. Todos eran conejos. Se quedó paralizado. Por unos segundos, su mente parecía abandonarlo, salir de su cuerpo y contemplar la situación desde arriba.

“Fernando… Él fue. Mató a estos conejos…”.

Se dirigió hacía donde estaba Fernando. Llenó de odio, sintió que debía castigarlo. Sacó el hueso que tenía clavado en el ojo. Al jalarlo, salió parte del cerebro. León empuñó el hueso y comenzó a clavarlo en el cuerpo del conejo una y otra vez hasta que el hueso se rompió. Entonces, metió su mano en las heridas, rompiendo la piel, músculos y huesos que se atravesaban. Arrancaba cualquier cosa que pudiera tomar entre sus dedos. En unos pocos segundos, de Fernando ya solo quedaba un manchón de sangre y carne, embarrado en el piso del jardín y en la ropa de León.

Escuchaba una voz lejana, que lo llamaba por su nombre. Al levantar la mirada pudo ver a su papá.

-León, yo no quería que…— Interrumpió su papá al verlo lleno de sangre —.
-¡Papá! Fue Fernando— trató de explicar León—. Él hizo esto, él…
-León, esos conejos… Por eso no quería que vinieras al jardín. Pero, ¡no podía hacer nada! Ninguno duraba vivo más de un par de semanas con nosotros. Buscaba por toda la ciudad otro conejo igual al primero… Pero nunca duraban. Era casi como si se dejaran morir, como si no quisieran estar con nosotros…
-Pero… —dijo Léon mientras trataba de procesar todo lo que había pasado —.
-A veces tenía que esperar a que te durmieras para venir a enterrarlos y poner un nuevo conejo en su lugar. Yo solo quería hacerte feliz. No podía permitir que también tu mascota te abandonara, nos abandonara. Yo….
-Fuiste tú, papá. ¡Tú!

León salió corriendo lo más rápido que pudo, mientras su papá gritaba su nombre.

El León (Parte 3)

El León (Parte 3)

En esa normalidad, transcurrió toda la infancia de León. Pero eso estaba a punto de cambiar. Unos días después de cumplir 13, su vida dio un vuelco.

Un día, al regresar del colegio, encontró a su padre sentado en el sillón, justo frente a la televisión, pero con esta apagada. No había luces encendidas, solo la poca luz de sol que se lograba filtrar por las gruesas cortinas de la sala. Este haz de luz que siempre dibujaba varios triángulos irregulares en la alfombra color crema de la sala, hoy se veía interrumpido con la silueta de su padre, sentado, con un codo apoyado en el descansa brazos y otro sosteniendo un vaso pequeño.

Botó su mochila en el corredor y escuchó la voz de su padre, que lo llamaba a la sala.

León— dijo su padre —si fueras un niño más… Normal, esto sería más sencillo. Pero, ni tú eres normal ni hay manera de que esto sea más sencillo. Tu madre se fue. Hemos pasado un par de meses muy difíciles, entre la enfermedad de la abuela, tus problemas en la escuela y la falta de dinero. Supongo que no te has enterado, pero… ¿A quién engaño? Seguro escuchaste los gritos de nuestra discusión ayer por la noche… Esta mañana, después de dejarte en el colegio, tu madre regresó a casa, empacó sus cosas y se fue. Me dijo que no podía vivir más en un ambiente lleno de mediocridad, de problemas. No quiso decir a donde iría y me pidió que no la buscáramos, ninguno de los dos. Entonces… Somos solo tú y yo contra el mundo, campeón.

León no sintió ganas de llorar, de gritar, de correr tras su madre y ni siquiera se preguntó por qué lo abandonaba. Solo alcanzó a escuchar un leve crujido debajo del brazo derecho, que hizo eco en todo su pecho y subió hasta sus hombros, por donde bajó hasta sus brazos, en forma de una sensación tibia, que contrastaba con el ambiente frío. Lo único que cruzaba su mente eran las palabras que su madre le había dicho por la mañana, al verlo entrar por la puerta del colegio:

“Ey, León… Tu sandwich tiene cebolla. Sé que no te gusta, pero… No soy perfecta. La vida tampoco lo es. Que te vaya bien”. Esas palabras dieron vueltas en su cabeza por algunas horas y, después, solo quedó un vacío.

En los siguientes meses, León y su papá tuvieron que mudarse de casa para ahorrar. A fin de cuentas, ahora que solo eran dos. También, dejo de ir al colegio privado y entró en una escuela pública. La relación con su padre se volvió un tanto binaria: O lo colmaba de regalos, halagos, abrazos y reconocimientos, o, simplemente, ignoraba su existencia y deambulaba por la casa como un ciego que busca, a tientas, un objeto que no conoce, que jamás ha tocado.

En uno de sus arranques afectivos, el papá de León decidió regalarle una mascota. En su mente, la mejor opción era un conejo, pues no requería demasiado mantenimiento pero serviría para enseñarle a su hijo sobre las responsabilidades de tener alguien o algo a tu cargo. A León, su nueva mascota le pareció insulsa, pero al ver el desesperado intento de su padre por hacerle sentir mejor, fingió, lo mejor que pudo, una emoción incontrolable. Era un conejo blanco, con una mancha café encima del ojo izquierdo. León decidió llamarlo Fernando.

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El León (Parte 2)

El León (Parte 2)

León creció en un hogar bastante típico. Vivía con sus dos padres en una casa modesta, ubicada en un barrio céntrico de la ciudad. Si bien el barrio había visto mejores épocas, bien se podría considerar un lugar tranquilo. La mayoría de sus vecinos eran adultos mayores, personas retiradas que decidieron quedarse hasta el último de sus días en la casa que los vio crecer. De vez en cuando llegaban algunas parejas de recién casados, atraídos por la céntrica ubicación y los precios razonables. Pero, ¿niños?

En el parque de la colonia era más sencillo encontrar borrachos que, al estar sumidos en los vapores del alcohol, no encontraban mejor lugar para pasar la noche.

El colegio al que asistía quedaba a diez minutos en auto y veinte en transporte público. Era una escuela católica. Los papás de León eran, como la mayoría en la ciudad, católicos de dicho. Esto se traducía en contestar “católico” cuando alguien les preguntaba sobre su religión, pero no incluía ir a misa ni formar parte de la mayoría de los ritos que la religión conlleva. Ante la preocupación de que a su hijo le faltara una brújula moral, los Arismendi decidieron inscribirlo al colegio católico que más cerca les quedaba. Además, confiaban que la educación privada le garantizaría a su hijo una mejor posición en la vida.

Los primeros recuerdos de León sobre la religión eran muy parecidos a un cuento de fantasía, lleno de seres con poderes, héroes y bestias salvajes. La curiosidad y la imaginación, natural en cualquier niño, hicieron que poco a poco tomara más interés en el tema. A veces, inventaba finales para las historias de la biblia que recordaba, pues, a sus ojos, algunas deberían tener un final distinto. A raíz de estas historias, le fueron surgiendo más y más dudas sobre las ideas que le enseñaban, el origen del mundo y de las cosas.

Su maestro de Doctrina— que es como llamaban a la materia de religión que tomaban durante hora y media una vez por semana —ya estaba acostumbrado a que León se acercara al final de la clase con preguntas como “Si Dios creó todo, ¿quién creó a Dios, profesor? Antes de que Dios creara todo el universo y la tierra, solo había nada, ¿cierto? ¿Cómo se ve la nada?”. Evidentemente el maestro de Doctrina, que en realidad era un pasante de pedagogía que, por su devoción a la fé católica, realizaba el servicio social en la escuela, no estaba preparado para responder estas preguntas. Siempre contestaba con frases como “ponlo en tus oraciones y el Señor te va a escuchar”.

Ante la falta de respuestas convincentes, en la mente del pequeño León se fue tejiendo una historia paralela a la que le contaban en la escuela o sus padres. Su mente fue tomando pedazos de películas, caricaturas y otros mitos e historias, para llenar los espacios que la doctrina dejaba en blanco. Es así como llegó a su propia conclusión sobre dios y su papel en el mundo, misma que cambiaría poco con el paso de los años, solo ajustando y añadiendo cosas según iba viviendo o descubriendo nuevas cosas.
Para León, Dios era distinto al que pintan en la biblia. Siempre lo imaginó como una figura aforme, etérea, que está por todos lados al mismo tiempo. Como el aire, el espacio y el vacío que nos rodea a todos, pero unificados en un solo ente. Este dios no tiene ninguna responsabilidad, pues creó todo y, si acaso algo saliera mal, lo borraría todo de un manotazo, justo como lo había hecho antes. Muchos años después, León lo resumiría en un solo Tuit:

Solo Dios es uno y es varios. Es todo y es todos. Al mismo tiempo, es yo, tú y la nada.

Sin embargo, había un concepto que se le escapaba, esa brújula moral que sus padres esperaban que la religión le diera. Al pequeño León le parecía muy confuso como es que el Dios sobre el cuál le hablaban en la escuela, podía decir que estaba mal matar y, al mismo tiempo, arrasar con todos los animales y humanos del mundo, salvo algunos que lograron subirse a una barca; cómo presentaba a la familia como el valor supremo y dejaba morir a su hijo.
Esto se aclaró un poco cuando, ante una de sus preguntas, el profesor de Doctrina le respondió que “Dios tiene un plan perfecto para todo y para todos”.

¡Claro!— pensó León —. Dios tiene un plan perfecto, una serie de reglas y límites que él mismo dispuso y las cuales no podemos, ni debemos rebasar.

En la mente del niño, sería estúpido, inútil, pensar que un humano, cualquiera, por más rico, fuerte o especial que este sea, puede trastocar el perfecto plan que Dios, omnipresente y omnipotente, ha creado para él.